Entre la calma que reinaba en la silenciosa calle, se empezaron a oír pasos que se acercaban.
El perro abrió los ojos y levantó vagamente una de sus orejas.
Escucho como cada vez los pasos resonaban más fuertes. Eran pasos seguros y rápidos, probablemente de un hombre adulto con botas de montaña.
De repente los pasos cesaron. El perro bajó la oreja, pero no tuvo tiempo de cerrar los ojos que volvió a escuchar pasos, esta vez de zapatos de talón, por lo que se trataba de una mujer, seguramente de una chica que volvía de la fiesta del pueblo.
Su fino oído captó como se aceleraba la respiración del hombre de las botas, que aún permanecía allí, silencioso y paciente.
Cuanto más cerca parecía estar la chica, más fuerte era la respiración del hombre, e incluso detectó con su olfato como empezaba a sudar, siendo la temperatura menor a 5 grados.
El hombre levantó un pie, dispuesto a hacer un paso, removiendo el bolsillo de su chaqueta para sacar algo, pero se paró en seco.
De fondo se escuchaban unos pasos más amenos, que podían ser de unas bambas.
Entre el silencio se escucho un grito, y los talones pararon.
Se escuchó la chica como se giraba y llamaba alegremente a alguien, lo que provocó que los pasos de bambas empezasen a espaciarse y sonar más fuertes, que el chico empezara a correr hasta llegar a la chica.
Emprendieron una charla alegre que se escuchó hasta que estuvieron tan lejos que ni el perro pudo oírlos.
Pero el hombre de las botas seguía allí, ahora respirando profundamente. Ya no se trataba de la respiración nerviosa de antes, ahora era algo más, ahora era una respiración de autocontrol, como las que hacen quienes están enfadados para aclarar la mente y relajarse.
No dio fruto, ya que el hombre empezó otra vez a sudar y acelerar la respiración, al ritmo de un objeto metálico que no paraba de chasquear con otro.
De repente soltó un profundo suspiro, y empezó a andar, sigilosa y lentamente, hacia la dirección donde se encontraba tumbado el perro.
El perro movió la oreja para estudiar los movimientos del hombre y evaluar si podría ser una amenaza, pero cuando decidió levantarse para ojear, solo tuvo tiempo de girarse y mirar al hombre, que lo esperaba con una navaja afilada, brillante a la luz de las farolas, para clavársela en todo el esternón, provocándole un agudo gemido que rompió ese bello silencio de los noches de niebla.

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