Los respaldos de madera de los sillones, las mesas, las sillas, los muebles… ya no quedaba ninguno que estuviese entero.
La madera estaba triturada, llena de tajos sucios y rápidos, algunos más hondos que otros. La navaja ya casi no tenía punta.
El Sr. Shears estaba sentado en un sofá que permanecía medianamente intacto, con la cabeza entre manos, susurrándose a si mismo palabras sin sentido alguno. Entre ese murmullo solo se podía escuchar intermitentemente un nombre: Judy.
Empezó a jugar con la navaja. Sus brazos pronto empezaron a sangrar, creando nuevas heridas y abriendo de viejas.
Roger ya no sentía nada. La única herida que tenía estaba dentro y ya era demasiado tarde como para cerrarla sin más. Tenía que cobrar venganza hacia la mujer que lo dejó.
Empezó a reír, con una risa nerviosa muy aguda y desagradable. Empezó a cortarse por el pecho, dibujando una calavera justo encima de donde se encontraba su corazón.
- Judy - volvió a repetir - Judy...
A sus pies, decenas de papeles de carta se extendian por todo el suelo y se manchaban de sangre.
DEBILIDAD
Todo fue a peor cuando abandonó Londres. Las primeras dos semanas todo parecía ir bien, salvo el incidente con Roger. A partir de la tercera semana había empezado el infierno para la vida de Judy.
Todo empezó con la primera carta. Al principio logró no hacerles caso, pero eso parecía obsesionarle aún más, llegando a enviarle una carta diaria.
Todo se descontroló cuando al llegar un día al piso, descubrió una calavera pintada en la puerta, con una frase que la ha estado persiguiendo hasta ahora: “Estoy aquí nena…”.
No había avisado a la policía porque él le había dicho que no avisase a la policía. Él le daba miedo.
Por primera vez en su vida se sintió débil. Era incapaz de afrontar la situación por sí misma, pero también era incapaz de pedir ayuda, aún y sabiendo que solo tenía que marcar nueve dígitos en el teléfono.
Cada día podía comer y dormir menos, le daba pánico salir de casa y estar dentro de casa, su vida se consumía delante de sus ojos y ella la dejaba pasar sin ni siquiera mover la mano.
Cada día se sentía más débil e ínfima, cada día le llegaba una nueva carta y cada día su vida daba un nuevo paso hacia el fin.
